Valentino,
Crucero 2016
(Nueva York)
El sol se inclina y yo con él, mis sombras le siguen, a modo de danza, muevo los dedos para confirmar que existo y que no es sueño, mi vestido colgado de la esquina del ventanal comienza a brillar y se une al compás de mis dedos, parece que gritan las lentejuelas y se quieren escapar, con su tintineo. Me dicen algo, quieren huir y ser libres y salir a correr. Me levanto cuando el sol me mira y el alba termina susurrándome que ayer se fue y que hoy no. Que se ha despedido de la luna y que han quedado para el ocaso, dice que ha empezado el día y que ahora huele a lluvia pero que sonríe, que los pájaros vuelan una vez más y las flores huelen especialmente bien. Los árboles parecen haberse unido y tienen un color fuerte, color vida, color amor. Me acero a la ventana y el cristal frío parece enmudecer cuando lo rozo, quiere que le contagie mi calor y que descubra lo que hay detrás. Mi brusco giro deja caer el silencio en cascada, y las flores ahora están en el suelo junto a mis pies desnudos, los cristales me abren y yo los miro, el río rojo no me deja pensar y se encuentra en armonía con ese arte, que ahora ha adoptado forma humana, cuerpo de mujer. Se adecua a mi, siluetas apaciguadas y suaves, fresco y ágil. Parece que tiembla y que se despedaza y no, como un violín que una y otra vez se acerca y se va, vuelve y no, se lleva su belleza y te deja ávido de placer.











































